El reto más allá de enseñar a leer y escribir: el papel del docente como mediador de la lectura y la escritura.
La lectura y la escritura constituyen procesos fundamentales para el desarrollo integral de las personas estudiantes. Aun cuando terminan sus ciclos de estudios, la lectura y la escritura sigue aportando múltiples beneficios para el desarrollo profesional y social de cada persona. En el ámbito educativo, estas prácticas trascienden la simple adquisición de habilidades técnicas, pues permiten a los estudiantes interpretar la realidad, construir conocimiento y expresar sus ideas de manera crítica y creativa.
Son muchos los beneficios que se obtienen con la lectura y la escritura de manera constante, entre esos beneficios se encuentran: el fortalecimiento del pensamiento crítico, la adquisición de nuevos conocimientos y el potenciamiento de la capacidad de comunicación. Por otro lado, la lectoescritura enriquece el vocabulario, fortalece la memoria, mejora la capacidad para escribir correctamente, estimula la creatividad y fortalece la capacidad de concentración. Diversas investigaciones han demostrado que los estudiantes que mantienen hábitos frecuentes de lectura, presentan un mejor desempeño académico, una mayor comprensión de textos y una capacidad más desarrollada para aprender de manera autónoma.
Leer y escribir como hábito permite organizar mejor las ideas, argumentar con fundamento y construir nuevos conocimientos a partir de la reflexión sobre la información recibida. En este sentido, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) señala que los estudiantes que leen por placer y participan regularmente en actividades de lectura, obtienen mejores resultados educativos y desarrollan competencias fundamentales para el aprendizaje a lo largo de la vida. Por su parte, la UNESCO, con base en la evidencia de la denominada ciencia de la lectura, destaca que la enseñanza sistemática de la lectura y la escritura favorece el desarrollo de habilidades cognitivas y lingüísticas, mismas que son necesarias para comprender y utilizar la información en diversos contextos.
Leer y escribir como hábito permite organizar mejor las ideas, argumentar con fundamento y construir nuevos conocimientos a partir de la reflexión sobre la información recibida. En este sentido, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) señala que los estudiantes que leen por placer y participan regularmente en actividades de lectura, obtienen mejores resultados educativos y desarrollan competencias fundamentales para el aprendizaje a lo largo de la vida. Por su parte, la UNESCO, con base en la evidencia de la denominada ciencia de la lectura, destaca que la enseñanza sistemática de la lectura y la escritura favorece el desarrollo de habilidades cognitivas y lingüísticas, mismas que son necesarias para comprender y utilizar la información en diversos contextos.
El docente desempeña un papel esencial como mediador de la lectura y la escritura en el proceso educativo, ya que no solo enseña a decodificar textos o a producir escritos, sino que crea las condiciones necesarias para que los estudiantes desarrollen una relación significativa con la cultura escrita de tal amanera que esta práctica favorezca la formación de lectores y escritores autónomos, capaces de comprender, cuestionar, razonar y transformar el entorno.
Graciela Montes, prosista, escritora de literatura infantil y filósofa argentina, en el año 2006 escribió un artículo que tituló «La escuela como sociedad de lectura»; en el texto sostiene que la escuela debe consolidarse como una auténtica comunidad de lectores, donde la lectura sea una práctica cotidiana, compartida y con sentido. Para la autora, el docente actúa como un puente entre los estudiantes y los textos, y es responsable de despertar la curiosidad de los estudiantes y ofrecer experiencias lectoras que vayan más allá de la obligación escolar.
Un docente mediador no impone interpretaciones únicas, por el contrario, acompaña a los estudiantes en la construcción de significados respetando sus experiencias, conocimientos previos e intereses. De ese modo, la lectura deja de ser un ejercicio mecánico y se convierte en una herramienta de reflexión, imaginación y participación a lo largo de la vida de quienes crean el hábito de la lectura y escritura. Pero no solo las que lo hacen de manera formal o profesional, sino de todas las personas que disfrutan de esta actividad.
El profesor como mediador de la lectura y escritura orienta la selección de textos, fomenta el intercambio de interpretaciones y acompaña el desarrollo de competencias lectoras y escritoras. Los docentes tienen la responsabilidad de propiciar el ambiente para que los estudiantes se interesen por la lectura y así logren obtener los múltiples beneficios que esta actividad aporta. La mediación docente resulta decisiva para formar lectores críticos que sean capaces de disfrutar de la lectura con análisis y reflexión; elementos necesarios para la formación profesional y social de los ciudadanos. En conjunto, estas perspectivas evidencian que la función del docente no consiste únicamente en enseñar contenidos, sino en guiar a los estudiantes hacia una participación activa en cada tema, favoreciendo el pensamiento crítico, la creatividad y el aprendizaje permanente.
¿Puede un docente influir en qué y cuánto leen los estudiantes? En definitiva, no es una pregunta que tenga una respuesta sencilla o única. Lo cierto es que los docentes sí pueden intentar fomentar el hábito de la lectura y el de la escritura en los escolares. Aunque fuera de los salones de clases es muy difícil para un docente controlar qué y cuánto leen sus estudiantes, el profesional a cargo sí puede propiciar actividades y espacios que estimulen el hábito de la lectoescritura como medio para acceder al conocimiento. La actividades deben estar acordes con los intereses y conocimientos previos de los estudiantes, para que la lectura sea satisfactoria y no tediosa.
Para lograr que en la lectoescritura haya disfrute, es necesario crear en los estudiantes el hábito desde edades tempranas. Allí hay un reto importante para los docentes. Es indispensable que los profesionales sirvan como ese puente del que habla Graciela Montes, para lograr que los estudiantes disfruten estas actividades que aporta tantos beneficios a las personas que leen y escriben a lo largo de su vida. El docente debe propiciar espacios donde la lectura y la escritura sean instrumentos para el análisis crítico de la realidad, y para la construcción de una ciudadanía consciente.
Además de reconocer los múltiples beneficios es fundamental que los docentes implementen estrategias que promuevan la lectoescritura. Actividades como lectura periódica de cuentos y novelas, clubes de lectura, análisis y discusión de textos o concursos de lectura y escritura promueven en los centros educativos el hábito en los estudiantes. Ese puede ser el medio para lograr que se llegue más allá de enseñar a leer y escribir. Esto puede parecer un reto para los profesionales de la educación, pero es una necesidad para formar ciudadanos capaces de analizar con criterio datos complejos de evaluar por los diferentes puntos de vista.
En palabras de Paulo Freire, "leer implica comprender el mundo antes que limitarse a reconocer palabras". El reto más allá de enseñar a leer y escribir consiste en formar estudiantes capaces de comprender y reflexionar. En ese proceso, el papel del docente como mediador de la lectura y la escritura es fundamental para promover estas prácticas desde la escuela y contribuir al éxito académico que fortalezca la participación crítica y responsable de los individuos en la sociedad del conocimiento.

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